miércoles, 18 de marzo de 2026



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Publicada: miércoles, 18 de marzo de 2026 11:54

El asesinato de Ali Lariyani, como el del ayatolá Seyed Ali Jamenei antes que él, debe entenderse dentro de un patrón que podría denominarse martirio estratégico.

Por Xavier Villar

Esta dinámica evidencia las limitaciones de la dependencia de Israel y Estados Unidos en estrategias de decapitación, particularmente frente a fracasos históricos recurrentes. El manual de juego decapitación-desgaste-invasión que Washington y Tel Aviv parecen seguir revela sistemas anclados en un repertorio de violencia que no logra adaptarse a la lógica de actores con estructuras político-estratégicas diferentes. Incluso Donald Trump reconoció de manera implícita esta limitación, al admitir que Estados Unidos atacó Irán "por costumbre".

La premisa básica de la decapitación sostiene que, eliminando a altos dirigentes, el sistema que sostienen se debilitará o fragmentará. Sin embargo, esta suposición refleja una racionalidad instrumental estrecha, donde la supervivencia del liderazgo se considera el objetivo estratégico principal y se presupone que la amenaza de muerte funciona como coerción efectiva. Irán opera, en contraste, bajo una racionalidad valor-estratégica en la que el martirio puede cumplir un papel político y producir efectos estratégicos que no sólo resisten, sino que invierten los efectos previstos de la decapitación.

Que Lariyani asistiera a concentraciones masivas y emitiera declaraciones asumiendo la posibilidad de su muerte evidencia que esta lógica es adoptada conscientemente por los dirigentes que comprenden sus implicaciones. Esta perspectiva ya había sido expresada por Jamenei, quien señaló que "o somos martirizados en este camino, cuyo honor es eterno, o alcanzamos la victoria; ambas son victorias para nosotros". La lógica subyacente no es épica, sino estratégica: convierte la eliminación de un líder en un vector de resiliencia política y cohesión institucional.

Al convertir a las figuras asesinadas en símbolos de justicia y resistencia, siguiendo la tradición histórica del Imam Husein en Karbala, el martirio redefine los efectos previstos de la decapitación. Este mecanismo de movilización interna legitima el orden político, refuerza la continuidad institucional y amplifica la resiliencia social. La muerte de un alto cargo no indica fracaso del sistema; refleja que su estructura descansa sobre principios que trascienden la mera supervivencia física de sus dirigentes. Esta comprensión escapa a quienes conciben campañas de decapitación como instrumentos de presión directa.
La lógica del martirio estratégico se materializa de manera clara en Lariyani. La desaparición de una figura que operaba en la intersección entre seguridad, política y diplomacia no paraliza el sistema; activa sus mecanismos internos de adaptación, integrándose al liderazgo de Mojtaba Jamenei y al Cuerpo de Guardianes de la Revolución. Lo que en un análisis occidental podría interpretarse como pérdida de diversidad interna confirma, para el sistema iraní, que su supervivencia depende de adherirse a una lógica política donde sacrificio y continuidad se retroalimentan. La cuestión no es quién ocupará el espacio de Lariyani, sino cómo su ejemplo reforzará la determinación de quienes continúan la labor institucional.

Lariyani no puede clasificarse simplistamente como halcón o paloma, categorías de conveniencia occidental. Era un operador político de primer orden, capaz de traducir la lógica del campo de batalla a un lenguaje comprensible tanto para sectores ortodoxos como para facciones pragmáticas. Su valor residía no solo en la información que manejaba o en los contactos internacionales que mantenía, sino en su capacidad de construir consenso interno en un sistema que, bajo presión extrema, necesita articular respuestas coordinadas. Representaba un puente entre la lógica militar y la proyección estratégica del Estado. Su ausencia implica que la articulación política futura absorberá su experiencia y la integrará en una narrativa de continuidad donde cada mártir añade legitimidad a la causa común.

El momento de su muerte subraya esta interpretación. El ataque se produce cuando la coalición liderada por Estados Unidos e Israel había acumulado éxitos tácticos: bombardeos a infraestructura militar iraní, presión en el Golfo y operaciones terrestres en el sur de Líbano. Sin embargo, no se ha producido el colapso estratégico del adversario. La República Islámica mantiene capacidad de respuesta militar, mediante misiles y drones contra nodos de mando israelíes y a través de proxies en Irak, Siria y el Mar Rojo. El estrecho de Ormuz permanece bajo control efectivo de Irán, regulando el flujo energético global con implicaciones políticas y económicas de primer orden. La guerra, en su decimoctavo día, adquiere los contornos de un conflicto de desgaste donde la resistencia política y la articulación institucional pesan tanto como la potencia de fuego.

En este contexto, la eliminación de Lariyani cumple una lógica más amplia: si no se puede doblegar al sistema militarmente, se intenta reducir su capacidad de articular respuestas estratégicas. La coalición busca prolongar la guerra para desgastar al adversario. Esta estrategia subestima, sin embargo, la lógica iraní: cada golpe se convierte en un refuerzo institucional que consolida las estructuras que se pretendían debilitar. Irán ha reiterado que no buscará un alto el fuego hasta que no se modifique el balance de disuasión, y cada acción sobre sus líderes fortalece la cohesión interna y la determinación estratégica. Cuanto más insiste la coalición en la decapitación, más se evidencia que el martirio constituye un eje central de resistencia.

El bando contrario muestra signos de desgaste que trascienden lo militar y afectan a la política interna. Las disensiones en el aparato de seguridad estadounidense, con la salida de funcionarios como Joe Kent, reflejan un debate profundo sobre la dirección y coherencia de la guerra. No son desacuerdos tácticos menores, sino una fractura en la comprensión de los objetivos estratégicos. Más tangible es el desgaste operativo: la retirada del USS Gerald Ford al Mediterráneo y el repliegue del USS Abraham Lincoln limitan la capacidad de proyección inmediata en el Golfo y el Mar Rojo. La degradación de la cobertura de radar y vigilancia, dañada por ataques iraníes sostenidos, reduce la flexibilidad de la coalición. La maquinaria de guerra muestra signos de fatiga con implicaciones políticas y estratégicas evidentes.

A nivel internacional, los esfuerzos de la administración estadounidense por presentar la reapertura del estrecho de Ormuz como objetivo central reciben una respuesta fría entre aliados europeos y asiáticos. Reticentes a asumir costes directos de un conflicto cuyas consecuencias económicas ya enfrentan, y con los estados del Golfo bajo presión creciente sobre sus infraestructuras energéticas, la coalición se sostiene sobre una base política más estrecha de lo previsto. La brecha entre objetivos declarados y disposición real limita tanto la operatividad como la cohesión política. Cada día sin desenlace erosiona esa base, mientras Irán observa cómo el tiempo favorece a quien administra con disciplina la paciencia estratégica.

La trayectoria del conflicto indica estancamiento estratégico. La coalición estadounidense-israelí acumula victorias tácticas, pero ninguna ha quebrado la voluntad o capacidad de resistencia de Irán. El asesinato de Lariyani ilustra esta dinámica: un golpe que priva a Irán de uno de sus operadores más experimentados, pero que al mismo tiempo activa los mecanismos de cohesión interna, haciendo más compleja la resolución del conflicto. Lariyani, que construía puentes en vida, se convierte en símbolo de unidad. Su ejemplo será un referente en momentos de incertidumbre y su memoria reforzará la determinación estratégica de continuar la resistencia.

En Teherán, la respuesta política se centra en la continuidad institucional. La dirección del país, lejos de fragmentarse, se unifica en torno a la experiencia compartida de la agresión y la necesidad de respuestas coherentes que integren el sacrificio de los mártires. No se trata de convicción ingenua en la victoria militar, sino de un análisis político de equilibrios de poder: mientras el desgaste externo no produzca fractura interna y mientras cada golpe pueda transformarse en un pilar de legitimidad mediante la lógica del martirio estratégico, la capacidad de resistencia sigue siendo el activo principal de la República Islámica. La guerra entra en una fase donde la política, entendida como capacidad de un sistema para perdurar y transformar la adversidad en cohesión, pesa más que cualquier golpe sobre el terreno. La muerte de Lariyani, aunque silencia una voz con perfil propio, no altera la ecuación fundamental: la supervivencia del sistema es el objetivo central, y la capacidad de absorber el dolor y traducirlo en símbolo constituye un recurso estratégico que ninguna campaña de decapitación puede neutralizar.

La paradoja que los planificadores de la guerra no comprenden es evidente: cuantos más golpes asestan, más sólido se mantiene el adversario. La lógica del martirio estratégico convierte cada asesinato en un refuerzo político para quien lo padece. Lariyani, como Jamenei antes que él, no será recordado como víctima, sino como un referente cuya desaparición refuerza la cohesión del sistema. Mientras esta lógica se mantenga, la guerra no podrá resolverse únicamente por medios militares. La coalición estadounidense, en su racionalidad instrumental, persiste en un manual que la evidencia empírica demuestra insuficiente. La cuestión no es si habrá más ataques, sino si quienes los ejecutan comprenden que cada mártir fortalece aquello que pretendían debilitar. Los acontecimientos sugieren que no. Esta comprensión limitada define la verdadera dimensión estratégica del conflicto.



 

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