
El día después de la guerra en el Golfo Pérsico todo habrá cambiado
El presidente norteamericano Donald Trump ha puesto en crisis, en apenas dos semanas de agresión armada contra la República Islámica de Irán, los elementos fundamentales de la hegemonía occidental sobre el sistema capitalista global. Trump, con sus bombardeos sin respaldo estratégico claro ha quebrado, al mismo tiempo, el sistema jurídico internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial, las cadenas de valor globalizadas de la economía neoliberal, y el paradigma geopolítico basado en la actuación del ejército de Estados Unidos como gendarme del mundo.
El sociólogo marxista Immanuel Wallerstein, impulsor de la teoría de los “sistemas-mundo” caracterizaba al capitalismo como un sistema social y le aplicaba la teoría que, en las ciencias naturales, se ha desarrollado para el estudio de los sistemas físicos y biológicos. Así, Wallerstein consideraba que el capitalismo, como todo otro sistema tuvo un inicio, ha pasado por etapas de crecimiento y madurez, y llegará a su final. Para Wallerstein, el sistema mundo-capitalista estaba ya en los inicios de este siglo iniciando una etapa de turbulencias que marcaban la desestabilización global que iba a conducir a su declive. Esta etapa de desestabilización, en todos los sistemas, está marcada por la aparición y creciente multiplicación de crisis interdependientes que conducen a bifurcaciones caóticas cada vez más radicales. Es como la rueda de un vehículo que se sale de su eje: al principio la rueda se va a desplazando de manera casi imperceptible, pero conforme avanza su desestabilización cada nueva sacudida provoca movimientos más violentos e irreversibles.
La agresión de Trump contra Irán ha provocado una de estas bifurcaciones irreversibles en el sistema-mundo. Cuando todo esto acabe el escenario geoeconómico global ya no será el mismo. Las posibilidades de prever el futuro con solvencia son ahora mínimas. El caos, la incertidumbre y la volatilidad son ahora los elementos esenciales para cualquier intento de análisis racional de la situación.
Gaza ha sido el experimento previo que ha convertido en plausible la demolición trumpista de todo el edificio del Derecho Internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Un genocidio televisado diariamente y acompañado del silenciamiento de los organismos globales encargados de su prevención, como el Tribunal Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia. Estados Unidos, incluso, mantiene sancionados a los actores jurídicos encargados de hacer cumplir (menesterosamente, cuando menos) el ordenamiento jurídico. Tras esto, la agresión contra Venezuela, un crimen internacional de agresión flagrante. Y, tras ella, la absoluta demolición de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, ya que, en una misma semana, Estados Unidos e Israel agredieron sin provocación ni amenaza previa a una nación soberana firmante de la Carta, llevaron a cabo un magnicidio asesinando a su Jefe de Estado, y cometieron crímenes de guerra y de lesa humanidad televisados internacionalmente como el bombardeo de una escuela en Minab, asesinando fríamente a más de un centenar de niñas sin que nadie haya sido detenido, enjuiciado o separado de su puesto por ello.
La destrucción completa del sistema jurídico internacional tiene muchas más implicaciones de lo que normalmente pensamos. El Sur global lo ha visto todo en vivo y en directo, lo que deslegitima de manera irreversible todo el discurso de los últimos siglos sobre la superioridad de la civilización occidental basada en el Derecho, el cumplimiento de los contratos y los contrapesos y garantías frente al poder absoluto. Es una construcción teórica desarrollada durante siglos que ahora se derrumba sin remedio. El “pacta sunt servanda” se ha terminado y la fuerza desnuda le sustituye. Irán lo ha entendido bien y por eso ha contraatacado con una violencia que no admite los límites legales que su agresor no respeta. Algo que los norteamericanos, acostumbrados a no ser respondidos en sus propios términos en la arena internacional, probablemente no esperaban.
Y el crimen de agresión de la presidencia estadounidense finiquita también la era de la globalización económica, que ya estaba herida tras los aranceles lanzados unilateralmente por Trump contraviniendo todos sus acuerdos bilaterales anteriores y el régimen de la Organización Mundial de Comercio. Los misiles en el Golfo anuncian el espectro brutal de la estanflación (inflación sin crecimiento) y escenarios de recesión en Estados Unidos, Asia y la Unión Europea.
El cierre del estrecho de Ormuz impulsa un aumento vertiginoso de los precios de la energía, el transporte y los fertilizantes. Es decir, una crisis salvaje del sistema sanguíneo del aparato productivo global. Para los economistas de Aberdeen y Goldman Sachs un aumento del precio del petróleo hasta los 180 dólares llevaría al Reino Unido, la UE y los Estados Unidos a una recesión acompañada de una inflación de más del 5 %. Filipinas ha declarado ya el estado de emergencia energética, la India raciona el consumo de gas porque ya no puede sostener al mismo tiempo el consumo industrial y el de los hogares, los precios de la gasolina y el diésel se han disparado un 12 % y un 22% en la Unión Europea en las últimas tres semanas según el Boletín Semanal del Petróleo de la Comisión Europea. Se multiplican las señales de alarma en los Bancos Centrales y en los despachos de los fondos de inversión.
El modelo de acumulación basado en la globalización de las cadenas de valor se ha quebrado de forma irreversible. Muchas de esas cadenas están rotas o tratan de rearticularse en función de criterios geopolíticos más que propiamente económicos. Se avanza en un modelo de pactos bilaterales inestables en un mundo más multipolar. Estados Unidos trata de sustituir la eficiencia productiva perdida por el saqueo puro y duro, y de estrangular las fuentes energéticas del crecimiento de China. Pero la sombra de una derrota militar en Irán (y volverse de allí con las manos vacías y sin reabrir el estrecho de Ormuz lo sería) implicaría que su última carta se habría jugado en vano, que el “gendarme del mundo” dejaría de ser invencible y de provocar pavor.
Y esa es la bifurcación geoestratégica fundamental que se ha iniciado: el imperio comienza su caída. El poder norteamericano, que ya no se basa en su primacía productiva, se ha ido retirando sobre la hegemonía que garantiza un presupuesto militar muy superior al del resto de la humanidad junto al “señoreaje del dólar” que permite mantener déficits imposibles para cualquier otro Estado.
La derrota militar en Afganistán, pese a ser claramente premonitoria de lo que estaba por venir, podía aún presentarse como algo episódico ocurrido en un espacio marginal de la geografía mundial. La previsible derrota en Irán, que tiene como origen el simple hecho de que la República Islámica ha decidido resistir, implica una crisis mucho más profunda de la hegemonía militar norteamericana. No sólo estamos viendo que gran parte del armamento más moderno y caro del Ejército más tecnologizado del mundo puede ser neutralizado por drones baratos utilizados con inteligencia. Además, se ha vuelto evidente que, si alguien quiere de verdad resistir, la hegemonía aérea y tecnológica no garantiza la destrucción del adversario. Los vaivenes de las declaraciones del presidente norteamericano profundizan otro marco de decadencia: Trump responde a las turbulencias en el mercado de bonos estadounidenses, que son un síntoma de la creciente tendencia de los inversores a poner en cuestión la hegemonía del dólar como moneda de respaldo global. Los fondos y los Estados se plantean si es racional seguir acumulando dólares cuando el Imperio ya no puede mantener el orden. Si el poder militar y el financiero de Estados Unidos colapsan por una clara derrota en el Golfo Pérsico el Imperio entrará en una espiral descendente irreversible.
Además, se multiplican las señales de inicio de una nueva oleada de lucha de clases a nivel global. La reorganización del mundo sindical en muchos países (como el propio Estados Unidos), las revueltas recurrentes en el Sur del mundo, la articulación de un movimiento internacional creciente de solidaridad con Gaza…Todo ello anuncia un tendencial despertar de las luchas sociales. De forma aún desorganizada y sin un programa claro, las clases populares empiezan a agitarse frente al avance del fascismo como paradigma de gestión de la política estatal y de la producción social. Está por ver hasta donde podrá avanzar este proceso de “constitución social” de los sectores dominados en un contexto que puede desembocar en una gran conflagración global entre las potencias capitalistas en la próxima década. Los avances en la combatividad y la organización de la clase trabajadora no son lineales, pueden desatarse aceleradamente en poco tiempo o hundirse en una inercia esterilizante durante décadas, en función del contexto y de la capacidad estratégica y práctica de sus cuadros militantes.
Lo que está claro es que el mundo que viene ya no será el que hemos conocido hasta la comisión del crimen de agresión norteamericano e israelí sobre la República Islámica de Irán. El mundo cambió el día que Trump decidió atacar la escuela de Minab sin un plan claro y el régimen iraní decidió responder sin autolimitarse a un espectáculo pasivo de supuesta resistencia.
Decía el condottiero italiano renacentista César Borgia que cuando “todo es caos bajo el cielo, la situación es inmejorable”. Pero eso sólo es cierto para las clases populares si dedican su energía a organizarse, prepararse, unir sus fuerzas y desarrollar las capacidades de su militancia.
José Luis Carretero Miramar
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